Escrito por Jan Uve
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Durante mucho tiempo pensé que tener muchos amigos era lo normal. Cuando era más joven tenía bastantes amigos. Mi hermano también tenía muchos y, de alguna manera, fui creciendo con la idea de que eso era lo deseable. Que una persona con una vida social llena de planes y de gente era una persona a la que le iban bien las cosas. Y que quien tenía pocos amigos era un poco raro.
Lo curioso es que nunca me había parado a pensar si aquella forma de vivir era realmente la que yo quería. Simplemente había asumido que era así como tenía que ser. Hasta que me fui a Londres.
Londres cambió mi manera de entender la soledad
Me fui a vivir allí cuando tenía 25 años y acabé quedándome cinco años. Estaba en otro país, lejos de mi entorno habitual, así que mi círculo de amistades se hizo mucho más pequeño. Y ocurrió algo que no esperaba: estaba bien. No echaba de menos tener constantemente planes ni necesitaba estar rodeado de gente.
Recuerdo que algunas personas del trabajo, cuando empezaban a conocerme un poco más, me preguntaban si pasaba mucho tiempo solo. La pregunta me llamaba la atención porque había algo detrás de ella. Era como si estar mucho tiempo solo tuviera que ser necesariamente algo malo. Pero yo no lo sentía así. No me sentía solo. Me sentía en paz.
Y creo que fue entonces cuando empecé a descubrir una parte de mí que quizá hasta ese momento no había tenido suficiente espacio para aparecer.
Cuando tienes tiempo para ti empiezas a escucharte
Aquellos años coincidieron con una etapa muy importante de mi vida porque fue cuando empecé a dedicarme mucho más seriamente a la música y a aquello que realmente quería hacer. Siempre he tenido una mente muy activa. Constantemente se me ocurren ideas. Me gusta crear cosas, investigar, aprender, probar proyectos nuevos. Puedo pasar horas trabajando en algo que me interesa y perder completamente la noción del tiempo.
Por eso, poco a poco, empecé a descubrir que disponer de tiempo para mí no era un vacío que necesitara llenar. Era justo lo contrario. Era espacio para la música, para mis ideas, para hacer deporte, para caminar, para pensar y también para preguntarme qué quería hacer realmente con mi vida.
Y cuanto más cómodo empezaba a sentirme conmigo mismo, menos necesidad tenía de llenar mi tiempo simplemente para no estar solo.
No todas las conversaciones tienen que interesarnos
También hubo otra cosa que empecé a reconocer durante aquella etapa y que quizá no siempre queda bien decir en voz alta: había muchas conversaciones que sencillamente no me interesaban.
No porque las personas fueran malas. Muchas eran buenas personas y no tenía absolutamente nada contra ellas. Simplemente sus intereses no eran los míos. A veces estaba escuchando una conversación y pensaba que preferiría estar componiendo, aprendiendo algo, desarrollando alguna idea, haciendo deporte o simplemente dando un paseo.
Durante un tiempo incluso llegué a preguntarme si pensar así era demasiado egoísta. Ahora no lo creo. Con los años he entendido que nuestro tiempo es limitado. Y nuestra energía también. Elegir dónde los ponemos no significa despreciar a los demás. Significa empezar a conocer aquello que nosotros necesitamos.
Mi círculo se hizo más pequeño, pero también más auténtico
Con el tiempo me volví más selectivo con las personas que dejo entrar en mi vida. No hablo de buscar personas perfectas, porque no existen. Ni tampoco de pensar que unas personas son mejores que otras. Hablo simplemente de sentirme bien.
Valoro mucho a las personas genuinas, las relaciones en las que no percibes constantemente un interés detrás, la gente que respeta tu espacio y con la que no necesitas estar demostrando continuamente que la amistad existe. Hoy tengo un círculo con el que estoy cómodo y no siento ninguna necesidad de hacerlo más grande simplemente porque socialmente parezca que debería hacerlo.
Y esto para mí es importante: no creo que tener pocos amigos sea mejor que tener muchos. Hay personas que disfrutan muchísimo rodeándose de gente, haciendo planes constantemente y conociendo personas nuevas. Y me parece perfecto. Yo simplemente descubrí otra manera de vivir que funciona para mí.
Estar solo y sentirse solo son cosas muy diferentes
Creo que esta ha sido una de las lecciones más importantes de todo este proceso. Podemos estar rodeados de personas y sentirnos tremendamente solos. Y podemos pasar horas sin hablar con nadie y sentirnos perfectamente bien.
A mí me gusta salir a hacer deporte solo. Me gusta caminar solo. Me gusta pasar horas trabajando en mis proyectos. Me gusta pensar, crear y dejar que aparezcan ideas sin tener que llenar cada espacio del día con un plan. Y también disfruto muchísimo de las personas que quiero. Una cosa no excluye la otra.
Quizá la diferencia está en que ya no entiendo la soledad como un vacío que tengo que llenar. La entiendo como un espacio al que puedo volver. Y cuanto más tiempo he aprendido a pasar conmigo mismo, más me he conocido.
Porque cuando constantemente estamos rodeados de otras personas es muy fácil acabar viviendo, casi sin darnos cuenta, al ritmo de los demás. Escuchamos sus opiniones, sus preocupaciones, sus prioridades, sus ideas sobre lo que significa tener éxito o sobre cómo deberíamos vivir. A veces necesitamos un poco de silencio para descubrir qué pensamos nosotros.
Las personas que nos rodean también nos influyen
Hay otra razón por la que con los años he aprendido a cuidar mucho más mi círculo. Creo que las personas que tenemos cerca nos influyen más de lo que pensamos. Las conversaciones que escuchamos constantemente, las quejas, la negatividad, las críticas hacia los demás, determinadas maneras de mirar el mundo… todo eso va entrando poco a poco en nosotros, aunque creamos que no nos afecta.
Por eso intento cuidar mi entorno de la misma manera que intento cuidar otras partes de mi vida. No necesito tener a mucha gente alrededor. Prefiero unas pocas relaciones que sean de verdad, personas con las que pueda ser yo mismo y sentir tranquilidad. No quiero relacionarme con alguien simplemente para poder decir que tengo muchos amigos.
Una vida llena de gente no siempre es una vida plena
Creo que las redes sociales han hecho todavía más extraña nuestra relación con todo esto. Vemos continuamente fotografías de grupos de amigos, cenas, viajes, fiestas, celebraciones… y es fácil acabar asociando una vida llena de personas con una vida feliz. Pero no necesariamente son lo mismo.
Una vida plena también puede ser una tarde en silencio, una caminata en solitario, pasar varias horas haciendo algo que amas o despertarte un sábado sin ningún plan y no sentir que deberías tener uno. Puede ser cerrar la puerta de casa, quedarte contigo mismo y estar bien.
A mí me costó tiempo entenderlo.
Ya no cuento cuántos amigos tengo
En mi caso, tener una vida social más reducida me ha permitido dedicar una enorme cantidad de tiempo a aquello que realmente me importa. Me ha permitido crear, dedicar miles de horas a la música, desarrollar ideas y construir poco a poco una vida que se parece bastante a quien soy.
Pero creo que me ha dado algo todavía más importante: me ha ayudado a conocerme. Y cuanto más me conozco, menos necesito la validación de los demás para saber si la vida que estoy viviendo es la correcta para mí.
No creo que debamos aspirar a tener pocos amigos. Tampoco creo que debamos aspirar a tener muchos. Quizá simplemente deberíamos dejar de contar.
Porque con los años he descubierto que la riqueza de una vida no está en la cantidad de personas que tenemos alrededor, sino en la calidad de las personas con las que decidimos compartirla.
Y también en algo que durante mucho tiempo nuestra sociedad me hizo pensar que era extraño: ser capaz de quedarte a solas contigo mismo y sentir que no te falta nadie.
Jan Uve